Jesus carrasco la tierra que pisamos

Siempre es más fácil acometer la tarea de seleccionar los libros de un autor cuando estamos en plena e inesperada eclosión. Por culpa de Jesús Carrasco se produce esa irrupción del escritor agazapado durante años y que finalmente se descubre como todo un narrador de quilates. La pluma de Carrasco es fina, lenta pero profunda cuando conviene, pero briosa en su convincente retrato existencialista.

Un retrato que rescata y exhibe la brevedad de la vida en sus escenarios todos exteriores, imperecederos, sometidos a una intensa luz cambiante. Se trata de eso, de que Jesús Carrasco escriba como pintaría si supiera pintar no sé. Y el buen pintor acaba sabiendo transmitir mucho más que la primera apariencia.

Porque para eso se pone a pintar o a escribir, para intentar llegar a nosotros con juegos de colores, con guiños, con descripciones que se convierten en metáforas en nuestra imaginación. Innovador para lo que hay y a la vez atraído hacia la literatura más exquisita de cuando en el pasado se escribía para un despliegue paralelo de forma y fondo, Jesús Carrasco es una primavera narrativa pero también un paisaje árido que nos hace sudar. Disfruten de su exuberancia y piérdanse a gusto con sus historias…

Sintió que los hombres se acercaban mucho y se quedó totalmente quieto. Oyó que su nombre proliferaba entre los árboles como gotas de lluvia que caen sobre una lámina de agua. Acurrucado en su escondite, se preguntó si tal vez ésa sería su única recompensa: escuchar su nombre una y otra vez al amanecer entre los olivos.

Reconoció dos voces, una perteneciente al dueño del bar local y la otra a uno de los arrieros que pasaban el verano en el pueblo. Y aunque no pudo identificar sus voces, imaginó que el cartero y el tejedor de cestas local también estarían allí. En lo más profundo de su agujero, experimentó una inesperada y cálida alegría.

Una especie de júbilo silencioso e infantil que le erizó la piel. Se preguntó si se esforzarían tanto por encontrar a su hermano. ¿Habría atraído a un grupo de búsqueda tan grande?

Al escuchar aquel coro de voces, sintió que tal vez había revivido algún tipo de espíritu comunitario y, por un momento, su amargura se retiró a un pequeño rincón de su estómago. Había reunido a su alrededor a todos los hombres del pueblo, a todos los brazos fuertes y curtidos que labraban los campos y sembraban los surcos con grano. Había provocado un incidente.

Tal vez la necesidad de reunirse había obligado a viejos enemigos a arremangarse y trabajar juntos. Se preguntó si quedaría algo de aquel momento dentro de unos años o incluso semanas. Si seguiría siendo un tema de conversación a la salida de la iglesia o del bar local.

Entonces pensó en su padre y se lo imaginó presentando sus excusas a todo el mundo. Lo vio, como tantas veces, fingiendo impotencia. Probablemente intentando hacer creer a todo el mundo que su hijo había caído en algún pozo oculto mientras perseguía a una joven perdiz, que la familia había sido una vez más víctima de la desgracia y que Dios acababa de arrancarle carne de su carne.

Incluso con la cabeza apretada contra las rodillas, el muchacho consiguió sacudirla suavemente como si quisiera ahuyentar esos pensamientos. La imagen de su adulador y servil padre volvió a él, esta vez en compañía del alguacil. Una escena que, como ninguna otra, provocó todo tipo de sentimientos caóticos en su cuerpo.

Escuchó con toda la atención que pudo el rastro de la voz del alguacil, e incluso la ausencia de esa voz le asustó. Se lo imaginó caminando, con el puro en la boca, detrás de la fila de hombres que en ese momento peinaban el olivar. Pisaba los terrones o se agachaba indolentemente para recoger alguna aceituna que se había escapado de la última cosecha.

Su cadena de reloj asomando por debajo de la chaqueta. Su sombrero de fieltro marrón, su pajarita, el cuello apretado, el bigote tieso de agua de azúcar. Jesús Carrasco: Es una muy buena pregunta, pero me temo que no tengo una respuesta definitiva.

Cuando escribo intento seguir mi intuición como una especie de brújula. De lo contrario, me resulta imposible completar una novela. Es decir, si intentara satisfacer lo que creo que sería el gusto de un lector ideal, me perdería automáticamente.

Amy Brady: La novela está plagada de elementos míticos: el escenario, el lenguaje escaso, la tensión constante entre el bien y el mal. A la hora de escribir este libro, ¿te inspiraste en algún mito concreto que puedas compartir con nosotros? Jesús Carrasco: Crecí en una familia católica.

Especialmente mi padre era un hombre muy devoto. Fui a la iglesia todos los domingos hasta los 14 o 15 años y siempre me sentí fascinado por el simbolismo y la belleza de la Biblia. La belleza literaria, podría decir.

Especialmente el Antiguo Testamento, que es uno de los textos más poderosos que se pueden leer. Creo que parte de esa fascinación, junto con mi aprecio por la literatura griega clásica, está en el libro. Jesús Carrasco: Sí, así es.

Ese castillo, o mejor dicho, el